julio 31, 2011 Article and Chapters / Español
John Holloway
Según el programa de la otra campaña, el subcomandante Marcos va a venir a Puebla en la semana del 6 de febrero. Esto me emociona mucho. Pero no se trata de eso.
El peligro de la otra campaña es que pensemos en ellos y lo que ellos (o, peor, él) van a hacer. Esto siempre ha sido un elemento de la respuesta a los zapatistas: admiración por ellos, solidaridad con ellos. Por supuesto que no fue la única reacción y obviamente no fue la reacción que ellos buscaban. “Detrás del pasamontañas estamos ustedes”: nada más bello, ni más claro. La lucha no es de ellos, es de nosotros todos. El movimiento pro-zapatista siempre ha contenido los dos elementos – el elemento de solidaridad con una lucha indígena, por un lado, el asumir la lucha por la humanidad y la dignidad como nuestra lucha, por otro. Siento que con la Sexta Declaración y el abandono de los derechos indígenas como foco principal de la lucha del EZLN, nos están diciendo “siempre hemos dicho que detrás del pasamontañas estamos ustedes, pero tal vez no lo entendieron muy bien, así que se lo vamos a decir más directamente y de otro modo”.
Esto me parece excelente, pero entonces es obvio que la salida de los zapatistas no resuelve el problema. Ellos no son la respuesta a la pregunta de ¿qué hacer?. Más bien nos están devolviendo la pregunta del ¿qué hacer? a nosotros, y directamente.
La cuestión, para nosotros que vivimos en las ciudades, es la del zapatismo urbano. El EZLN (los zapatistas de Chiapas) es un movimiento rural, campesino, pero ha tenido un impacto enorme en las ciudades, en México, en Argentina, en Italia, en Alemania, Grecia, etc. Existen, por supuesto, aspectos del levantamiento zapatista que no han encontrado ningún eco en las ciudades. Los zapatistas urbanos en general no queremos organizarnos como ejército, por ejemplo, y muchas veces rechazamos el militarismo como forma de organización y concepto de lucha. Lo que sí ha tenido un impacto muy importante en las ciudades es el rechazo a las viejas formas de la política de izquierda (sobre todo los partidos), la búsqueda de una forma de política anticapitalista y anti-estatal, la centralidad de la dignidad como principio de organización y la idea del “preguntando caminamos” como forma de avanzar.
El desafío que nos plantea ahora la Sexta Declaración y la Otra Campaña es la intensificación del zapatismo en las ciudades. Ahí tenemos que reconocer que hay diferencias importantes entre las condiciones en el campo y las condiciones en la ciudad. En este respecto puede ser que la experiencia argentina sea incluso más relevante para las ciudades aquí en México que la experiencia de los zapatistas en el campo chiapaneco.
Hay dos factores en particular que me parecen importantes. Primero, en las ciudades no tenemos terrenos que podamos cultivar. Eso significa, creo, que las formas de autonomía se tienen que concebir de otra forma. Los zapatistas (de Chiapas) han podido mantener un rechazo absoluto a toda forma de subvención estatal. Esto me parece mucho más difícil en un contexto urbano, donde está difícil evitar alguna forma de sometimiento al capital para asegurar la existencia.
Segundo, no tenemos el tipo de comunidad social que existe en la Selva Lacandona. Con eso no quiero romantizar la comunidad indígena para nada, pero su existencia significa que hay una base relativamente estable para crear un movimiento rebelde, mientras que en las ciudades las condiciones de vida y los lazos sociales son mucho más volátiles. Esto no significa que no haya comunidades: sí hay comunidades, pero no como en el campo y ya no tampoco como en las ciudades de hace cincuenta o cien años. Las comunidades son muy temporales: se forman en un evento, en una manifestación o una huelga, y luego se disuelven – nada más que no se disuelven, sino subsisten en pequeños grupos o de forma latente, hasta la próxima vez. Obviamente esto es una exageración: los grupos piqueteros han mostrado la fuerza de las comunidades territoriales urbanas. Pero sí es una tendencia y en muchas partes de las ciudades grandes la comunidad barrial tiene poca existencia.
Lo que me sugiere el contraste entre el campo y la ciudad es que tal vez deberíamos mover el eje de nuestro pensamiento (y nuestra organización) desde el espacio hacia el tiempo. Normalmente se piensa en la revolución en términos del espacio – y, sí, estamos hablando de la revolución, ya que es obvio que la lucha por la dignidad significa la abolición del capitalismo, una forma de organización social basada en la negación de la dignidad. La abolición del capitalismo se piensa normalmente en términos espaciales. Primero conquistamos un espacio, luego otro, luego otro. La teoría clásica concibe estos espacios en términos de Estados, pero aún si abandonamos la perspectiva estadocéntrica, seguimos con la tendencia de pensar en términos espaciales. El área zapatista de Chiapas cabe obviamente dentro de este concepto de la rebeldía o revolución en términos de la liberación de espacios. Mi pregunta es si debemos mantener este modelo espacial en el contexto urbano.
Para expresarlo en otros términos: me parece que la única forma en la cuál podemos pensar en la revolución (la dignidad, la abolición del capitalismo) es en términos de grietas en el tejido de la dominación, “espacios” en los cuales la gente dice “aquí no, aquí no vamos a obedecer el mando del capital”. Estas grietas se pueden concebir en términos espaciales (la selva lacandona, pero también un centro social o un café alternativo), pero también en términos de una actividad (“aquí, en todo lo que se refiere al agua, no vamos a aceptar el mando del capital”) o bien en términos de tiempo (“aquí en este evento o en este momento no vamos a aceptar el mando del capital, vamos a hacer lo que nosotros consideramos necesario o deseable”). Mi argumento es que en pensando en la expansión del zapatismo (o de la política anticapitalista anti-estatal), tal vez deberíamos pensar menos en términos espaciales y más en las otras dos dimensiones y sobre todo la del tiempo.
Esto no nos conduce solamente a una política de eventos, aunque los eventos sí me parecen muy importantes como rompimientos del orden burgués, pero los eventos (los momentos dramáticos de rompimiento) necesitan un apoyo en otra temporalidad, no solamente los preparativos sino todo el trabajo paciente que implica la construcción de otro mundo, un mundo de otras relaciones sociales, otras formas de hacer. No quiero descalificar para nada la dimensión espacial, que obviamente sigue siendo importante, pero creo que enfocando las otras dimensiones podemos abrir nuevas perspectivas. Si uno piensa en el tiempo, por ejemplo, entonces el objetivo principal sería romper con la homogeneidad del tiempo capitalista, romper con el tiempo-reloj, con la duración, la idea de que mañana va a ser la continuación inevitable de hoy. Entonces empezamos a concebir este otro mundo que queremos construir no en términos de duración (una revolución que va a durar para siempre) sino en términos de intensidad, de la intensidad de cada momento vivido. El significado del argentinazo, entonces, no se tiene que medir en términos de su duración, sino más bien en términos de la intensidad con la cuál abrió los cielos.
Estos son los temas que para mí se abren con la Sexta Declaración y la Otra Campaña. ¿Ustedes qué opinan? Preguntando caminamos.
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