julio 31, 2011 Article and Chapters / Español
John Holloway
¿Por qué amamos a los zapatistas?
1.Porque rompieron, porque son rompedores. Hicieron un hoyo en la dominación capitalista. Cuando se levantaron el primero de enero de 1994, fue como aventar una piedra metafórica a través del vidrio del capitalismo. Crearon un hoyo. Con su ¡Ya basta!. Con su ¡Ya no! ¡Aquí no, aquí ya no vamos a aceptar el dominio ajeno, aquí vamos a organizarnos de otra forma, aquí vamos a hacer lo que nosotros consideramos necesario y deseable! Con su dignidad rompieron el vidrio de una sociedad basada en la negación de la dignidad.
Este hoyo tiene su propia belleza, su propia luminosidad. No requiere ninguna validación en términos del largo plazo. Un momento de dignidad no se tiene que justificar en ningún sentido. El momento tiene su propia particularidad, no es simplemente un paso en una lucha larga y ardua, es una ruptura aquí y ahora, y como tal, es su propia justificación.
La ruptura es central. Obviamente hay muchas razones para admirar a los zapatistas: su lucha por los derechos indígenas, su lucha por la democracia, libertad y justicia, la belleza de sus comunicados, su perspectiva internacional, y muchas cosas más. Detrás de su ¡Ya basta! hay una preparación muy cuidadosa, una tradición comunal profundamente arraigada, pero lo que explota en nuestra consciencia, lo que nos emociona es ese ¡No!, esa negación sin más, ese ¡Ya basta! ¡Ya no más! Sabemos que toda lucha para cambiar el mundo es larga y ardua, pero lo maravilloso de los zapatistas es que han logrado romper, cortar un pedazo del mundo y decir “en este pedazo del mundo reina no el capital sino la dignidad”. La piedra lanzada rompe la temporalidad del capitalismo, y también de la tradición revolucionaria. Ya no es cuestión de esperar para tomar el poder y cambiar el mundo, sino de hacerlo aquí y ahora. La dignidad no tiene paciencia.
2. Pero el zapatismo es más que un hoyo. El ¡Ya basta! es el inicio de una grieta que se va extendiendo. El impacto de la piedra inicial crea no sólo un hoyo sino líneas de fisura que se alargan. Crea resonancias, reverberaciones, ondas de choque.
Estas reverberaciones no siguen un camino previsible. Se sienten en Italia, Argentina, Grecia, Bolivia igual (o incluso más) que en Puebla o la Ciudad de México. No siguen caminos institucionales, aunque el EZLN ha hecho varios intentos de darles una forma institucional – no para limitarlas, sino para impulsarlas. La resonancia de la lucha zapatista no es cuestión solamente de ellos, sino expresión de la confluencia de las luchas contra el capitalismo en todo el mundo.
El hoyo, entonces, no es solamente un hoyo, no es solamente una autonomía, es una grieta, una fisura en el tejido de la dominación. El movimiento es fundamental. Si un movimiento deja de moverse, deja de ser un movimiento, se va llenando la grieta, se va reestableciendo la dominación. El capital es un proceso constante de contención, el anti-capital es un desbordamiento. El capital es el proceso de contener el impulso hacia la autodeterminación, pero la rebeldía no se deja contener. Un movimiento que deja de moverse empieza a convertirse en su contrario, en una institución. Con la Sexta Declaración, los zapatistas nos están diciendo de forma muy clara que no se van a quedar quietos, que van a seguir moviéndose, que no son solamente un hoyo, sino una grieta, y que esta grieta se está extendiendo.
3. Eso ¿qué significa para nosotros? Los zapatistas son rompedores, creadores de hoyos y de grietas. La Sexta Declaración es una invitación más directa que nunca para que participemos nosotros en este proceso. Veo dos interpretaciones posibles de la Sexta Declaración. La primera es que vamos a ver lo que ellos hacen y los vamos a seguir: no quiero hablar de eso. La otra interpretación es más interesante: entender la Otra Campaña como estímulo para organizarnos a nosotros.
Pero ¿cómo? Ayudándolos en la expansión de su grieta, por supuesto, pero sobre todo creando nuestros propios hoyos-grietas, nuestros propios ¡Ya bastas!, nuestras propias dignidades. Para nosotros que vivimos en las ciudades, el gran reto de la Sexta Declaración es crear el zapatismo urbano.
4. En las ciudades no tenemos la misma base social que los zapatistas de Chiapas. No tenemos terrenos que podamos cultivar, y no tenemos la misma estructura de comunidades que existe en Chiapas o en otras partes del campo. Es cierto que todavía existe todavía una tradición comunitaria fuerte en algunas partes de algunas ciudades, pero en general no es así.
Esto no quiere decir que no exista ninguna comunidad en las ciudades, pero en muchos casos las comunidades se forman de otra manera, con otras dimensiones. No son territoriales, sino temporales o situacionales. En un evento político, por ejemplo, la gente forma una comunidad, comparte un proyecto común, un hacer común, pero después de la reunión cada quien va por su camino. Algunos grupos siguen trabajando juntos, hay vínculos que se hacen y se cruzan. Entonces sí hay cierta continuidad a través del tiempo, pero en general las comunidades urbanas son más fáciles de reconocer si pensamos no en términos de espacio sino en términos de tiempo o de situaciones.
Los zapatistas de Chiapas usan la fuerza de sus comunidades para decir No al capitalismo, para romper con la dominación. En las ciudades también tenemos que usar la fuerza de nuestras comunidades para decir No, para gritar ¡Ya basta!, pero tenemos que entender que nuestras comunidades tienen otras dimensiones. Hay que preguntarnos no solamente ¿cómo vamos a hacer de Los Altos o de La Paz o de La Libertad un municipio autónomo o una colonia rebelde?, sino también ¿cómo podemos hacer de este momento o de esta situación un momento de dignidad, una situación de rebeldía?
5. Con su levantamiento, los zapatistas abren una esperanza, una forma de pensar en la revolución, en cómo cambiar el mundo de forma radical. Su ruptura radical nos ayuda a pensar la revolución en términos de hoyos o, mejor, grietas. Estas grietas se caracterizan por la radicalidad de la ruptura. Son espacios de rechazo y de dignidad: primero, NO, ya no vamos a aceptar el mando ajeno, y segundo, vamos a construir una vida según nuestras propios deseos y necesidades. Es un rechazo al capital y al trabajo enajenado y abstracto que constituye el capital, y al mismo tiempo la reivindicación y despliegue del hacer útil, del hacer digno, del hacer que corresponde a nuestras necesidades y deseos colectivos.
La grieta zapatista, entonces, es un espacio-en-movimiento de rechazo-y-dignidad, apoyado en la fuerza de sus comunidades. La Otra Campaña es un intento muy explícito de extender y multiplicar los espacios-en-movimiento de rechazo-y-dignidad. En el contexto urbano es importante pensar en estos espacios en movimientos no solamente en términos territoriales sino también temporales o situacionales, como momentos-en-movimiento.
La creación de rupturas, de espacios/momentos de rechazo-y-dignidad: este es el desafío de la Otra Campaña. ¿Cómo? No lo sé. Implica, por supuesto, una lucha constante, pero una lucha enfocada en las rupturas, las expresiones absolutas de rechazo-y-dignidad. Implica una política de hoyos y grietas, de creación de autonomías, pero de autonomías que no se institucionalizan, autonomías en movimiento, autonomías que se niegan y se superan, autonomías que no se entienden solamente como espacios (cafés alternativos o centros sociales) sino también como momentos o actividades, afirmaciones explosivas del nosotros que existimos en contra del capital y del Estado.
El movimiento zapatista de Chiapas ha sido un movimiento altamente teatral desde el inicio, y tal vez hay que ver eso como un momento central de la política zapatista: teatro entendido aquí no como un espectáculo que nos deja pasivos sino como un momento que se separa de la homogeneidad del tiempo, un momento que rompe con la cotidianidad de la opresión, que rompe también con la continuidad de la lucha larga y ardua y cansada en contra del capitalismo. El impacto de los zapatistas ha tenido mucho que ver con el teatro en este sentido: los pasamontañas, el teatro y el simbolismo de la Convención Nacional Democrática, de la marcha de los 1,111, de la marcha del color de la tierra y la participación en el congreso, incluso la alerta roja que precedió la Sexta Declaración, entre muchísimos otros ejemplos. El teatro es una autonomía territorial, pero sobre todo temporal, que embona bien con la volatilidad de las comunidades urbanas. Con eso, no quiero decir para nada que la política zapatista es puro teatro, pero es importante reconocer la centralidad en la política zapatista del teatro como ruptura. Como ruptura y como alegría, como placer. La política como teatro es algo que se ha desarrollado en contextos urbanos con mucho efecto en los escraches argentinos o en el ejército rebelde de los payasos en Gran Bretaña, para mencionar solamente dos ejemplos recientes.
El teatro zapatista se puede ver como un aspecto de la erupción de creatividad. No es simplemente que los zapatistas han sido muy creativos. Es algo mucho más profundo. El zapatismo es la rebelión de la creatividad y del hacer digno en contra del trabajo abstracto y enajenado del capitalismo. Como plantea Sergio Tischler en su aportación a este número de la revista, el zapatismo se tiene que ver en el contexto de una recomposición de la lucha de clases en todo el mundo. Esta nueva constelación de lucha surge de la crisis del trabajo abstracto (el trabajo enajenado que crea el capital) y está caracterizado por una erupción del trabajo útil o digno, es decir, del hacer que se determina según nuestros deseos y necesidades colectivos – es decir de la creatividad, entendida no solamente como arte (en el sentido estrecho), sino como hacer creador y autodeterminante. Esto implica una radicalidad más profunda en muchos sentidos que la del viejo movimiento obrero, que se basaba más en las formas de organización y los conceptos del trabajo abstracto (trabajo enajenado, trabajo asalariado).
Pensar en el movimiento actual como revuelta del hacer digno (o trabajo útil)1 abre un mundo de creatividad que se contrapone de manera radical a la tradición demasiado gris del movimiento obrero tradicional. Los zapatistas nos han mostrado (con un esfuerzo enorme) lo que puede significar esta revuelta del hacer digno, esta revuelta basada en el doble movimiento de rechazo-y-dignidad. Para nosotros queda el desafío de desatar la revuelta del hacer digno en las ciudades, de crear un zapatismo urbano.
1 Marx habla del trabajo útil o concreto como contraparte del trabajo abstracto, pero en muchos sentidos parece mejor adaptar el concepto zapatista y hablar aquí de hacer digno.
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