julio 30, 2011 Article and Chapters / Español
O
Más que una respuesta a Guillermo Almeyra1
John Holloway2
¿Cómo veo el Mundo tras la invasión de Irak?
La imagen que pasa siempre por mi mente es de pesadilla, inspirada por un relato de Edgar Allen Poe. Nos encontramos todos en un cuarto con cuatro paredes, un piso, un techo y ninguna ventana ni puerta. El cuarto está amueblado, y algunos estamos sentados cómodamente, otros no. Algunos no se dan cuenta, pero las paredes están avanzando gradualmente hacia adentro, a veces más lentas, a veces más rápidas, haciendo que todos nos sintamos más incómodos, avanzando todo el tiempo, amenazando con aplastarnos hasta matarnos.
Hay discusiones en el cuarto, pero tienen que ver sobre todo con cómo acomodar los muebles. Parece que las personas no ven las paredes que avanzan. De vez en cuando se llevan a cabo elecciones sobre cómo colocar los muebles. Estas elecciones no son carentes de importancia: hace que algunas personas estén más cómodas, otras menos, incluso puede que afecten la velocidad a la cual avanzan las paredes, pero no hacen nada por parar su implacable avance. Lula no es lo mismo que sus oponentes, Kirchner no es lo mismo que Menem, López Obrador no sería lo mismo que Madrazo, Gore no habría sido lo mismo que Bush: sin embargo, ningún reacomodo de los muebles hace algo por parar el asalto implacable de las paredes. Y mientras más avanzan las paredes, más parece que las personas lo aceptan como algo normal.
Sin embargo, hay personas dentro del cuarto que dicen que la cuestión importante no son los muebles, sino cómo parar las paredes antes de que muramos todos por aplastamiento. Nos lanzamos contra las paredes, damos con las cabezas contra las paredes intentando descubrir una grieta, intentando encontrar una manera de atravesarlas, gritando “¡déjenos salir, queremos construir otro mundo!”. Y empezamos a darnos cuenta de que no son sólo algunos; que muchos, quizás todos, estamos golpeando nuestras cabezas contra las paredes de la “realidad” que avanzan, sólo que algunos lo hacen de manera tan discreta que al principio no nos damos cuenta.
¿Pero cómo podemos salir? Cómo podemos abrirnos paso hacia otro mundo? Vemos que las paredes están construidas con una fina mezcla de trabajo alienado y propiedad y estado y violencia, todo cementado por una extraña y claustrofóbica Razón que nos dice que no existe realidad más allá de estas paredes. Y buscamos, y buscamos, por una vía de escape, buscamos desesperadamente por las grietas. En los últimos años, las paredes han estado avanzando más rápidamente: el capitalismo se ha vuelto más agresivo que nunca, y el gobierno de Bush está, obviamente, haciendo todo lo posible para conseguir una rápida destrucción de toda la humanidad.
Y luego las vemos: dos grandes grietas en la pared. Y una se llama Trabajo y la otra se llama Estado. Y después empezamos a ver más grietas por todas partes. ¿Qué debemos hacer? “¡Pónganles un parche, pónganles un parche!”, dicen algunos. “¡No”, decimos, “son nuestra única esperanza, lancémonos a ellas, hagamos todo lo posible por agrandarlas cuanto podamos!”.
Trabajo
La primera grieta que vemos está en el Trabajo.
El empleo es central en la dominación capitalista. En el capitalismo estamos separados del flujo social del hacer, de los resultados del hacer de otros. Estamos separados, en otras palabras, de los medios de producción y supervivencia. Nuestra única manera de sobrevivir es vendiendo nuestra capacidad de hacer (nuestra fuerza laboral) a cambio de un salario. Entonces tenemos que pasar nuestros días haciendo lo que nos dice el capitalista. Si nos rebelamos ante el mando de nuestro amo, perdemos nuestro trabajo y caemos en la pobreza o el hambre. Estamos controlados a través de nuestro trabajo, obligados a conformarnos.
Pero el empleo está cambiando. Más y más gente está siendo despedida.. Más y más jóvenes saben que es improbable que lleguen a tener la vida de empleo seguro que sus padres “disfrutaron”. Una parte cada vez mayor de la población mundial es no tanto un “ejército industrial de reserva”, sino completamente redundante desde el punto de vista del capital. No es probable que esto cambie. No es probable que el capital llegue a emplear ni un pequeño porcentaje de los mil millones, o más, que están actualmente desempleados. Desde la perspectiva del capital, lo más sensato sería simplemente destruir a estos millones totalmente superfluos.
El desempleo afecta no sólo a las vidas de los desempleados, sino también a las de los empleados. La amenaza del desempleo hace mucho más fácil que el capital refuerce su control sobre el trabajo, de modo que la expansión del desempleo está acompañada por el aumento del estrés y la desesperación en el trabajo.
Podemos pensar en el desempleo (y el estrés cada vez mayor del empleo) de dos maneras. Podemos pensar en ello como una desgracia, una catástrofe personal. Es difícil no pensar de esta manera, porque el desempleo significa pobreza y exclusión de la socialidad del hacer, que da sentido a la vida. Pero es más que eso, y esto se hace claro si pensamos en ello de manera colectiva y no individual. El desempleo es una gran grieta en la dominación del capital. Si el empleo es la manera más importante que el capital tiene de controlarnos, entonces el desempleo significa un aflojamiento en el control capitalista. Nos vemos obligados a buscar otras vías de supervivencia que no impliquen la venta de nuestra fuerza de trabajo. En muchos casos, esto significa simplemente recurrir a la “delincuencia”, a los intentos individuales de obtener acceso a la riqueza de los productos del hacer social de manera que no plantee problemas para el capital. Pero también hay muchos casos en los que las personas se reúnen colectivamente y crean una nueva socialidad del hacer, una nueva comunidad de trabajo. Estas personas dicen que lo que quieren no es un empleo, sino la oportunidad de llevar a cabo un “trabajo genuino”, un trabajo digno, un trabajo que tenga sentido para ellos y sea controlado por ellos como comunidad, en términos de lo que hacen, cómo lo hacen, cuándo lo hacen. Algunos de los piqueteros en Argentina (especialmente los de Anibal Verón) dicen esto de manera muy clara, pero, de una manera u otra, la lucha por un trabajo digno desempeña un papel importante en las vidas de casi todos.
¿Qué hacemos? ¿Qué decimos? ¿Le pedimos al Gobierno que adopte medidas que disminuyan el desempleo, a sabiendas de que tales medidas tendrán en el mejor de los casos un efecto limitado, porque nunca crearán un capitalismo basado en el pleno empleo o algo parecido? Un aumento en la oferta de empleos solucionará, por supuesto, algunos problemas para alguna gente, pero intensificará la dominación. ¿Decimos que las personas que luchan por crear un mundo de trabajo digno no tienen importancia porque sólo son unos cientos de miles y porque no existe unidad entre los desempleados? ¿O nos lanzamos a la lucha por el trabajo digno y decimos “¡sí, sí, sí! Aquí hay una luz, aquí hay una esperanza, aquí hay una posible vía de escape del capitalismo, de este cuarto claustrofóbico que nos está gradualmente destrozando”? ¿Decimos “No, esta no es una situación revolucionaria. Todo lo que podemos hacer es reordenar los muebles hasta que aparezca una situación revolucionaria (posiblemente en el punto bajo de la próxima onda larga de Kondratieff)”? ¿O decimos “¡Adelante! Esta es una grieta, una esperanza, hagamos todo lo posible para hacerla más grande, hagamos todo lo posible por repensar este mundo a la luz que brilla a través de esta grieta”? Y cuando vemos que estos grupos tienen enormes dificultades por acceder a la riqueza del hacer social, excluidos por la propiedad privada y la policía, ¿decimos “Te lo dije”, o hacemos todo lo posible por encontrar una manera hacia adelante?
Creo que escogemos la segunda opción. Es obvio que los intentos por desarrollar trabajo digno en el seno de un mundo de trabajo alienado se enfrentan a enormes dificultades, pero esta es una razón por concentrar nuestros esfuerzos sobre cómo superar estas dificultades. Si no empezamos (en la mente y en la práctica) por las fisuras que ya existen en el dominio capitalista, es difícil ver cómo podemos escapar de este cuarto que nos está sofocando.
Estado
La segunda grieta está en el Estado
El Estado es otra forma fundamental de dominación capitalista. El capital es la separación de las personas de los medios de supervivencia (del carácter social del hacer humano). Esto se hace por la imposición de la propiedad, pero detrás de esta imposición se encuentra el Estado y su amenaza de usar la violencia y proteger a la propiedad (el proceso de separación). Si el capital es entendido como un proceso de separación, entonces el Estado es una parte integral de esta separación. El Estado nos controla no sólo a través de la violencia, sino además separándonos los unos de los otros, separándonos del control social de nuestras vidas (a través de elecciones y burocracia), separando a mexicanos de guatemaltecos, al público de lo privado. Nos controla encauzando a toda protesta hacia formas sociales compatibles con la apropiación capitalista. Cuando golpeamos nuestras cabezas contra las paredes que están avanzando para aplastarnos, el Estado dice “No, si no están felices, vengan y voten en la elección para decidir cómo ordenar los muebles.” El Estado es parte de la Razón claustrofóbica del cuarto en que nos encontramos, imponiéndonos todo el tiempo la idea de que no hay mundo posible fuera de este cuarto de paredes que avanzan.
El Estado es una forma de dominación, pero es una forma de dominación en crisis. En todo el mundo, las personas están diciendo “No, no vamos a canalizar nuestras luchas a través del Estado. No nos vamos a organizar en partidos. No vamos a intentar tomar control del Estado. No queremos convertirnos en políticos profesionales. Todos están corruptos”. Esto se demuestra en todos lados con la disminución en la participación activa en partidos políticos y con el aumento de formas de organización no partidistas (los denominados nuevos movimientos sociales). No se refleja necesariamente en los porcentajes de participación en las elecciones, donde opera otro tipo de consideraciones (la elección del menos malo).
La globalización neoliberal y ahora la agresión del gobierno de los Estados Unidos hacen esta tendencia mucho más obvia, porque están destrozando por completo el viejo mito de la soberanía nacional. Es más obvio que nunca que lo que un Estado hace (y puede hacer) depende de una red global de relaciones sociales capitalistas, sobre las cuales las elecciones tienen poco impacto. Se hace cada vez más obvio que los “líderes nacionales” responden más a los movimientos del capital global (como se transmiten a través de los mercados y, hasta cierto punto, a través de los gobiernos de los Estados Unidos y otros países) que a las opiniones de las personas del país. En todas partes encontramos lo que a menudo se denomina “crisis de representación”.
Esta es la segunda mayor grieta en la dominación capitalista hoy en día. De la misma manera que el desempleo es una grieta en la dominación-a-través-del-empleo, así la crisis de representación es una grieta en la dominación-a-través-del-Estado. Esto se refleja no sólo en el aumento en formas de organización no partidistas, sino también en la adopción deliberada de formas de acción y organización (la horizontalidad, por ejemplo) que no se entrelazan con los mecanismos del Estado. Esto se puede ver en el trabajo de las asambleas barriales argentinas como formas de organización comunitaria, que trata específicamente expresar la dignidad comunal en vez del individualismo abstracto encarnado por el Estado. Y, por supuesto, se expresa de manera brillante en el “¡Que se vayan todos!” Un político es igual que otro porque lo que está mal no es este o aquel partido, sino la propia política centrada en el Estado.
¿Qué hacemos? ¿Qué decimos? ¿Qué hacemos con el “¡Que se vayan todos!”? ¿Señalamos que “¡Que se vayan todos!” es una consigna ambigua que tiene muchos significados diferentes para mucha gente diferente? ¿O nos valemos del “¡Que se vayan todos!” como un grito contra el Estado, una expresión brillantemente acertada de la enorme brecha que separa a las personas y el Estado, y tratamos de abrir esta brecha, desarrollando cuanto podamos a las implicaciones revolucionarias, anticapitalistas del grito? Decimos que las asambleas barriales no son realmente tan importantes porque en ellas estaban involucradas, en su momento de auge, sólo unos cientos de miles de personas? ¿O decimos “aquí está una grieta en la pared, aquí hay algo que nos enseña el camino hacia otro tipo de sociedad, prestémosle atención, celebrémosla, discutamos los problemas, hagamos lo que podamos para reforzarla, para abrir la grieta”? ¿Decimos que estas asambleas no son tan importantes, por lo que la Izquierda debería concentrarse en formar un partido o coalición para las elecciones? ¿O decimos que estas asambleas son muy, muy importantes, por lo que ellas mismas deben decidir cómo utilizar las elecciones para reforzar su propia existencia? ¿Decimos que lo importante es construir un partido de izquierdas, para que así un día pueda tomar el control del aparato del Estado y traernos el cambio radical, o decimos “no, el cambio radical ya está sucediendo, debemos hacer todo lo posible por reforzarlo y extenderlo”?
Una ciencia de la esperanza
El empleo y el Estado están en crisis, y estas crisis probablemente crecerán por todo el mundo. En cada caso tenemos que pensar en cómo reaccionar ante esta crisis. ¿Decir que no es una situación revolucionaria, y que todo lo que podemos hacer es tratar de mejorar el presente, reordenar los muebles, hacer como que las paredes no se están moviendo y que el capitalismo es un sistema estable de dominación? ¿O ver que el capitalismo es un ataque feroz y constante contra la humanidad y concentrar toda nuestra atención en las fisuras existentes?
Debemos, por supuesto, empezar por las fisuras que existen. Debemos tratar de pensar el mundo desde la perspectiva de estas fisuras. Esto significa retar de todas las maneras posibles a la Razón claustrofóbica que nos dice que no hay mundo fuera de las paredes, que no hay esperanza. Esto significa pensar de manera crítica, pensar de manera dialéctica, pensar de manera imaginativa, poética, hacer todo lo posible por disolver estas paredes teórica y prácticamente.
No hay nada seguro en todo esto. Cuanto más avancen hacia nosotros las paredes, menos posible parece que la humanidad pueda sobrevivir. Pero existe una posibilidad, y debemos apostar por esta posibilidad.
Esto significa otro concepto diferente de ciencia. La ciencia no puede ser una descripción desapasionada, objetiva del avance de las paredes hasta el punto donde la humanidad sea destrozada, en el cual podamos exclamar “lo ven, teníamos razón científicamente, no había posibilidad de otro mundo” (pero no quedaría nadie para escucharnos). No, la ciencia, si es entendida como parte de la lucha por la supervivencia de la humanidad (por el comunismo, en otras palabras), sólo puede ser una ciencia de lo potencial. Una ciencia que apuesta por la posibilidad de escapar de este cuarto, una ciencia que busca grietas y, al verlas, hace todo lo posible por agrandarlas. Es cuestión de mirar a las situaciones, no de manera objetiva (como si nos encontráramos en la luna), sino de mirar a las situaciones y encontrar su potencial y ver cómo podemos desarrollar este potencial de manera crítica y práctica. Siempre hay potencial porque somos humanos, porque siempre estamos luchando en contra de la opresión y porque la opresión siempre está llena de las grietas que nuestras luchas crean. Una ciencia de lo potencial es una ciencia de la esperanza, y siempre hay esperanza; hasta que un día, quizás, ya no habrá esperanza, pero tampoco habrá quién se desespere.
1 Muchas gracias a Guillermo Almeyra por sus críticas constantes a lo largo de los últimos meses. Al ser posible, este ensayo debería ser leído junto con el artículo de Guillermo publicado en el mismo número de la revista.
2 Muchas gracias a Anna-Maeve Holloway por su traducción del texto inglés, y a Eloína Peláez, Néstor López y Luis Menendez por sus comentarios sobre la versión original del texto.
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