julio 30, 2011 Article and Chapters / Español
John Holloway
I
En 1872, cuando Marx y Engels publicaron la segunda edición alemana del Manifiesto Comunista, se plantearon la pregunta de que si, después del trascurso de casi veinticinco años, el argumento del Manifiesto seguía vigente. Concluyeron que ‘los principios generales expuestos en este Manifiesto siguen siendo hoy, en grandes rasgos enteramente acertados’. La experiencia de la Comuna de Paris, sin embargo, había demostrado que ‘la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines’.
Otro siglo y cuarto han pasado desde entonces, y nos tenemos que plantear otra vez la pregunta de que si el argumento del Manifiesto sigue siendo válido. De nuevo concluimos que los principios generales son correctos, pero que hay ciertas cosas que nos gustaría cambiar. Lo que es seguro es que no quisieramos diluir sus conclusiones, ya que la obscenidad asesina del capitalismo es más obvia que nunca. Después del horror de las guerras mundiales, despúes de Auschwitz y Hiroshima, después de las depredaciones inhumanas del neoliberalismo, nuestra crítica al capitalismo sería aún más amarga, angustiada, urgente. Y menos optimista.
La frase que más estorba cuando uno vuelve a leer el Manifiesto es la última oración de la primera sección: “Su hundimiento [de la burguesía] y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”. ¡Por supuesto que la victoria del proletariado no es inevitable! Después de Hiroshima, después de la construcción de bombas con la capacidad de destruir la población de la tierra, está muy claro que la victoria del proletariado no tiene nada de inevitable, que “el hundimiento de las clases en pugna”, es decir de la humanidad, es igualmente posible. Nuestro Manifiesto Comunista de hoy tiene que ser un manfiesto sin certezas, nuestra dialéctica tiene que ser una ‘dialéctica negativa’, como decía Adorno, un movimiento a través de la negación sin ninguna garantía de un final feliz.
El enunciado sobre la inevitabilidad de la victoria del proletariado es, por supuesto, el toque final de la sección más importante de un panfleto revolucionario. Sin embargo, la noción de un progreso histórico asegurado hacia el comunismo no se limita a este toque en el Manifiesto. El tono de todo el panfleto está coloreado por esta idea del avance histórico. En las páginas que preceden esta declaración de la inevitabilidad de la victoria del proletariado, Marx y Engels presentan una imágen bastante lineal del desarrollo del movimiento revolucionario: “la industria, en su desarrollo, no sólo acrecienta el número de proletarios, sino que los concentra en masas considerables; su fuerza aumenta y adquieren mayor conciencia de la misma…. El progreso de la industria, del que la burguesía, incapaz de oponersele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento de los obreros, resultante de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación”.
Resulta difícil mantener esta visión lineal del desarrollo del movimiento revolucionaria a la luz de las experiencias del último siglo: los avances han sido seguidos por derrotas terribles; de estas derrotas han surgido un nuevo poder, pero nunca sobre una base segura, siempre amenazado por los ataques del capital. El avance de la industria moderna no ha conducido de manera sencilla a un aumento de la fuerza y de la conciencia del proletariado. Al contrario, el desarrollo industrial de los años recientes ha tendido a romper los ejércitos proletarios de las fábricas enormes y ha aumentado muchas veces el aislamiento de los trabajadores. El movimiento real de la descomposión y recomposición de la clase obrera, en otras palabras, ha sido mucho más complejo y contradictorio de lo que el Manifiesto sugería.
II
Después de los horrores de este siglo ¿cómo podemos mantener la visión optimista del progreso propuesta por el Manifiesto Comunista? Para los revolucionarios de los primeros años de este siglo, sin embargo, la idea de que se había comprobado cientificamente el avance histórico hacia el comunismo era la esencia misma del marxismo. La crítica que hizo Rosa Luxemburgo a Bernstein, por ejemplo, nos reta todavía a través de los años: citando a Bernstein dice ‘”¿Por qué representar el socialismo como la consecuencia de la compulsión económica?”, clama. “¿Por qué degradar el entendimiento del hombre, su sentido por la justicia, su voluntad?” (Vorwaerts, 26 de marzo de 1899) La distribución superlativamente justa de Bernstein se obtendrá gracias al libre albedrío del hombre, obrando no por la necesidad económica, ya que este albedrío es en sí mismo sólo un instrumento, sino por la comprensión humana de la justicia. Esto es un retorno muy felizmente, por cierto, al principio de la justicia, al viejo caballo de batalla sobre el cual todos los reformadores han cabalgado durante siglos, a falta de otros medios más seguros. Volvemos al lamentable Rocinante a horcajadas del cual los Don Quijotes de la historia han galopado hacia la gran reforma del mundo, para volver a casa siempre vencidos.’ (Reforma o Revolución (México: Grijalbo, 1967), p. 79)
Si la certeza optimista del Manifiesto Comunista nos está cerrada ahora ¿quiere eso decir que lo único a lo cual podemos aspirar es a ser los Don Quijotes de la historia, llenos de buenas intenciones pero destinados a regresar siempre vencidos? ¿Quiere esto decir que tenemos que abandonar la revolución y aceptar que la reforma es la única perspectva posible, como decía Bernstein? Claro que no, pero tal vez deberíamos reconocer por lo menos que nuestra lucha no se basa en la necesidad histórica. No es porque pensamos que la historia está de nuestro lado que nos declaramos comunistas: surge más bien de un ‘juicio sobre la existencia’, un juicio que surge de la experiencia (individual y colectiva) de la opresión. Nos rebelamos contra el capitalismo como cuestión de existencia y no porque estamos seguros de un aterrizaje seguro.
¿Implica esto que estamos contentos de ser siempre vencidos, de ser los perdedores permanentes de la historia? ¿o implica adoptar el papel seductivo de Casandra, advertiendo la autodestrucción de la humanidad, pero resignados a la idea de que no hay ninguna perspectiva de un cambio radical? Para nada. Estos dos papeles, el del perdedor valiente y el del intelectual presciente pero resignado, implican el abandono del comunismo como perspectiva práctica. Cualquier enfoque que condene la opresión capitalista mientras abandone la perspectiva del comunismo es sumamente contradictorio simplemente porque cualquier teoría crítica de la dominación que no apunte más allá de la dominación termina por reforzar la dominación que pretende criticar: esa es la tragedia de mucha de la teoría de la ‘izquierda’ de los últimos treinta años.
Pero ¿qué quiere decir una ‘perspectiva del comunismo’ si abandonamos el progreso optimista y lineal del Manifiesto? Nuestra rebelión apunta la existencia actual, no la felicidad futura. Pero una vez que abandonamos el concepto lineal del progreso, la linea que separa el presente del futuro se vuelve más fluida. Nuestra existencia actual niega el presente y lo sobrepasa. El comunismo, eso que todavía no existe, existe como todavía-no en el presente, como sueños, como proyectos, como oposición cotidiana al capitalismo, como humanidad frente a la inhumanidad. En este sentido, el comunismo existe ya como movimiento real de la clase trabajadora. Como dicen Marx y Engels en La Ideología Alemana: ‘Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.’El comunismo existe como nuestra dignidad, nuestra negación a subordinarnos a lo que es, nuestra negación de la repetición eterna del presente.
Pero ¿acaso es suficiente esto? Está claro que el comunismo existe como Todavía-no en el presente, como nuestro rechazo al capitalismo, pero tiene que haber algo más que un sueño permanente de lo que podría ser. La noción del comunismo implica la esperanza de que podamos realmente ir más allá de la sociedad capitalista en la cual vivimos – no solamente en nuestros proyectos, sino en el sentido de vivir de veras en condiciones de humanidad.
Aun si rechazamos la noción del progreso que encontramos en el Manifiesto Comunista por ser demasiado confiada, demasiado simplista, la idea del ‘progreso’, sin embargo, como movimiento que va más allá del capitalismo, es central para la noción del comunismo. Pero este progreso no es el progreso de alguién que camina sobre un camino pavimentado hacia un destino visible. Es más bien el progreso de alguien sin experiencia que camina en la cuerda floja, desenrollando la cuerda mientras camina, inventando cada paso, nunca seguro del futuro, siempre en la presencia del abismo, sabiendo que está en la cuerda no porque quiere llegar a alguna parte sino porque esa es su existencia. El progreso es subjunctivo, y no el progreso indicativo del Manifiesto Comunista: es el crecimiento de un potencial, no de una certeza. Es un progreso basado no en el avance irrestible de las fuerzas de producción sino en el crecimiento siempre arriesgado de la presencia insubordinada del trabajo contra-dentro-y-más-allá del capital.
III
Tal visión subjunctiva del progreso está sugerida por El Capital de Marx. Para cuando llegó a escribir su gran obra (o tal vez simplemente en la ausencia de la ayuda de su amigo Fred), la visión que Marx tenía del movimiento histórico era más compleja que en 1848 (aunque existen por cierto pasajes, como el capítulo 24 del primer tomo, que se hacen eco de las palabras del Manifiesto.
El valor es la categoría central para considerar el caracter aventurado del progreso. Es una categoría antagónica y explosiva como la sociedad que conceptualiza. La teoría de valor de Marx es al mismo tiempo una teoría de la esperanza y una teoría de la desesperanza, al mismo tiempo una teoría del poder del trabajo y de la debilidad del capital y una teoría del poder del capital y de la debilidad del trabajo.
La teoría del valor es en primer lugar (porque nosotros somos en primer lugar) una teoría del poder del trabajo. El valor es producto del trabajo y solamente del trabajo. El valor y la expansión del valor son resultado del trabajo. El capital, por lo tanto, depende absolutamente del trabajo por su existencia. Sin el trabajo, el capital no es nada. Esto, el aspecto más obvio y más importante de la teoría de valor de Marx, está generalmente pasado por alto por los economistas (‘marxistas’ o no).
La teoría del valor es al mismo tiempo una teoría de la subyugación de la humanidad, de la transformación de la creatividad humana en trabajo. No es la actividad libre y motivada que crea el valor sino el trabajo abstracto, el trabajo abstraido de todo contenido. La expansión del valor es la expansión de la subyugación y abstracción del trabajo.
En el capitalismo, el progreso significa la acumulación del capital (‘el crecimiento’), la expansión del valor. Este progreso es siempre de doble filo: es al mismo tiempo la expansión de la dependencia del capital con respecto al trabajo y la expansión de la subyugación del trabajo por parte del capital.
El progreso es de doble filo y al filo de la navaja. Mientras más progresa el capital, más se intensifica su dependencia con respecto al trabajo y más se tiene que intensificar su subyugación al trabajo. Marx discute este fenómeno en términos de la baja tendencial de la tasa de ganancia: para mantener su rentabilidad, el capital tiene que subordinar y explotar el trabajo de forma más y más intensiva. ¿Y por qué? Porque su dependencia con respecto al trabajo vivo se vuelve cada vez más intensa. La inovación tecnológica, en lugar de liberar el capital de su dependencia con respecto al trabajo (despidiendo a los trabajadores y remplazandolos por las máquinas), hace que el capital depende de una subordinación cada vez más rigorosa del trabajo (uno puede pensar, por ejemplo, en las instalaciones nucleares o los sistemas de producción justo-a-tiempo).
La expansión del capital es el movimiento de una contradicción cada vez más intensa: conforme el capital se va poniendo más fuerte, depende cada vez más de una subordinación más y más efectiva del trabajo. Pero el trabajo nunca está tan subordinado como lo requiere el capital: aún cuando no se organiza politicamente o en sindicatos, insiste en vivir, en festejar, en enfermarse, en hacer errores, en cansarse, en resistir su reducción al estado de una máquina. Las demandas cada vez más inhumanas y deshumanizadoras del capital se enfrentan cada vez más con nuestra humanidad, con nuestra falta de subordinación, nuestra insubordinación. Aún el trabajo más docil constituye una amenaza para el capital: el capital depende totalmente de algo que no puede controlar totalmente.
Entonces el capital huye. Intenta todo el tiempo escaparse de la insubordinación o falta de subordinación del trabajo. Huye, remplazando trabajadores por máquinas. Si la insubordinación o falta de subordinación en una area es demasiado grande, huye a la búsqueda de otras areas donde la disciplina es más efectiva. Su mejor escape de todos es huir totalmente de la mugre de la fábrica al reino de las finanzas, donde parece que el dinero hace más dinero, sin intervención humana. Mientras más huye, más se pone violento: a través de la huida y la amenaza de la huida impone su disciplina, con toda la miseria, corrupción y fuerza brutal que eso implica.
Sin embargo, no importa lo que haga, no hay escape para el capital. Nunca puede romper con su dependencia de la subordinación del trabajo insubordinado. Toda ganancia, aún en las areas más recónditas de las finanzas, depende de la subordinación y explotación del trabajo. Lo único que puede hacer el capital es estirar los lazos que lo ligan al trabajo a través de la expansión del crédito, pero mientras más lo hace, más volátil, frágil y violenta se vuelve su existencia.
Esa es esencialmente la situación del capitalismo contemporaneo. Parece que el capital está ganando todo. Después del colapso de la Unión Soviética y la derrota de tantos movimientos revolucionarios en todo el mundo, después del acallamiento de la militancia sindical ante el neoliberalismo, parece que el capital se está saliendo con la suya. Pero el capital está atrapado en la red de su propia dependencia con respecto al trabajo. Aún cuando parece que el movimiento trabajador está derrotado, sigue siendo cierto que el capital depende totalmente del trabajo para su existencia. El capital pide ahora una subordinación más inhumana que nunca e, incapaz de imponerla, huye como nunca del trabajo, estirando el crédito hasta el punto en que la única manera que tiene de sobrevivir es a través de la expansión constante del crédito. El precio es la inestabilidad financiera creciente. La presencia insubordinada del trabajo contra-dentro-y-más-allá del capital se manifiesta a través de la inestabilidad financiera del sistema en su conjunto. Una contracción radical del crédito en gran escala que podría tal vez restaurar la estabilidad financiera no se deja pensar, simplemente porque destruiría la base social del capitalismo. El único camino para el capital es tratar de administrar las crisis financieras cada vez más frecuentes y virulentas (la crisis de la deuda latinoamericana de 1982, el crac bursatil de 1987, la crisis inmobiliaria de principios de los noventa, la crisis tequila de 1994, la crisis del sureste asiático hoy, etc), mientras intenta (a través de las crisis financieras y por otros medios) intensificar la subordinación de la humanidad, la subyugación del trabajo.
La historia, como siempre, está en el filo de la navaja, pero ahora la navaja está más filosa que nunca. El angel de la historia de Benjamin que ve en los acontecimientos ‘una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies’ (Tesis de la Filosofía de la Historia, IX) no es menos, ni más, verdad que el optimismo confiado del Manifiesto Comunista. El abismo es parte de caminar en la cuerda floja, no algo aparte. La insubordinación del trabajo, la lucha de la humanidad por la humanidad, amenaza al mundo de desastre, pero la subordinación del trabajo, el conformismo inhumano ‘seguro’ de la humanidad amenaza al mundo de un desastre mucho mayor. En las circunstancias actuales nuestra pretensión de vivir una vida humana, nuestra insubordinación o falta de subordinación a las obscenidades del capitalismo, nuestro grito de dignidad, sea en la fábrica, la calle o la selva, amenaza al capitalismo más profundamente que nunca. Esa es nuestra esperanza. Pero no hay ninguna certeza. La victoria del proletariado no es inevitable. Depende de nosotros.
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