julio 31, 2011 Article and Chapters / Español
¿Por qué Adorno?1
Parte II
John Holloway
1. El punto de partida es y tiene que ser lo que escribió Mario Tronti en su artículo “Lenin en Inglaterra” de 1964: “Nosotros también hemos trabajado con un concepto que pone al desarrollo del capitalismo en primer lugar y a los trabajadores en segundo lugar. Esto es un error. Y ahora tenemos que invertir el problema completamente, revertir la polaridad y comenzar otra vez desde el principio: y el principio es la lucha de clase de la clase trabajadora.”
Esto para mí es el núcleo del autonomismo o operaismo y su revolución copernicana de la tradición marxista. Es una inversión de perspectiva comparada con el marxismo ortodoxo que siempre pone en primer lugar el análisis del capital o de la dominación y luego la lucha de la clase trabajadora. Coincido plenamente con esta inversión simplemente porque empezar desde la dominación implica encerrarse dentro de las categorías de la dominación, de tal forma que la única salida posible es a través de una fuerza externa, es decir un partido vanguardista. En este sentido me considero parte de la tradición autonomista u operaista.
Sin embargo hay dos formas distintas de entender esta inversión, una forma positiva y una forma negativa. Es de esta distinción y su significado que quiero hablar.
2. El autonomismo positivo:
La inversion autonomista llega nada más a la mitad del camino: no hay ninguna revolución conceptual.
La clase trabajadora es el punto de partida, pero se entiende como sujeto positivo. Hay un movimiento de composición – descomposición – recomposición. La clase trabajadora remplaza al capital como fuerza motriz del capitalismo. Lucha contra el capital desde cierta composición de clase; el capital responde, tratando de descomponer a la clase trabajadora, lo que conduce a una recomposición de la clase trabajadora y una nueva ola de lucha, una nueva descomposición, etc. El capitalismo se desarrolla bajo el impulso de las luchas de la clase trabajadora, y la clase trabajadora se va recomponiendo con cada ola de lucha.
Parece que este movimiento disuelve todo lo fijo y, hasta cierto punto, así es. Pero en realidad, ya que no hay ningún cuestionamiento de la positividad de las categorías, la atención se centra casi exclusivamente en la composición de la clase trabajadora. Esto reproduce dentro de la inversión autonomista el concepto identitario de la clase trabajadora que caracteriza el marxismo ortodoxo rechazado. Así:
– El flujo de composición-descomposición-recomposición queda remplazado en la práctica por un concepto estático de composición, es decir por el intento de identificar la composición actual de la composición de clase, de clasificar, de construir paradigmas. Así van surgiendo una serie de definiciones que se van brincando: de fábrica social a capitalismo integrado mundial a imperio, por ejemplo – todas congelaciones y exageraciones de tendencias reales. Este enfoque paradigmático conlleva el rechazo explícito a la dialéctica como método teórico e implica borrar la distinción entre teoría capitalista y teoría anticapitalista.
– Hay un deslizamiento en este pensamiento paradigmático desde el énfasis en la fuerza de la lucha hacia una caracterización de la fase actual del capitalismo. Es decir que el punto de partida de Tronti se va olvidando, o más bien se hace reverencia al impulso inicial autonomista, pero en realidad se enfoca en el análisis de la dominación: uno puede pensar en Hardt y Negri o en Virno como ejemplos.
– Ya que la conceptualización del sujeto es positiva, el antagonismo polar que da sentido a este sujeto se pierde. La contradicción se disuelve en una multiplicidad de diferencias, la lucha contra el capital se diluye en una lucha por una democracia genuina.
– Ya que la centralidad de la lucha contra el capital se pierde, la lucha (ahora por la democracia) puede muy fácilmente reaparecer en la forma de una lucha entre distintas formas del capitalismo: sólo así se puede explicar por ejemplo el apoyo que Negri ha expresado por los gobiernos de Kirchner y Lula.
3. El autonomismo negativo:
Este enfoque empieza desde una interpretación mucho más radical de la inversión inicial. El punto de partida no es solamente la clase trabajadora en lugar del capital, sino también la negatividad en lugar de la positividad.
El punto de partida es la lucha de la clase trabajadora y el punto de partida es NO, el grito. Es decir que el punto de partida es la clase trabajadora como negación, no como sujeto positivo sino como sujeto negativo.
La clase trabajadora existe como la negación del capital, es decir como crisis. El énfasis no está en la restructuración del capital (como en el autonomismo positivo) sino en la crisis. La crisis no es sólo una afirmación empírica sino también y sobre todo una opción teórica. La crisis es el centro del pensamiento porque lo que nos interesa no es la estabilidad del capitalismo sino su inestabilidad, su fragilidad. El marxismo no es una teoría de la reproducción del capitalismo sino de su crisis.
La clase trabadora es la negación y la crisis del capitalismo y por lo tanto la negación y crisis de si misma. Negar el capital es negar lo que crea el capital, es decir negar el trabajo abstracto o enajenado. Negar el trabajo abstracto es luchar por la emancipación de lo que está negado de forma cotidiana por el trabajo abstracto, es decir por la emancipación del hacer útil o creativo, ese hacer que empuja hacia su propia autodeterminación. El hacer es la negación del trabajo abstracto y por lo tanto la negación del capital. La lucha de clases no es sólo (ni principalmente) la lucha del trabajo contra el capital, como lo considera el marxismo ortodoxo, sino centralmente la lucha del hacer contra el trabajo y por lo tanto el capital (entendiendo por trabajo, trabajo abstracto o enajenado). Y eso quiere decir la lucha contra todo el edificio de clasificación que está construido sobre el trabajo abstracto, es decir contra la clase trabajadora como clase y como trabajadora.
El sujeto de la lucha es por lo tanto un sujeto anti-identitario. Lo podemos llamar clase trabajadora, pero teniendo presente que es una clase trabajadora anti-clase y anti-trabajadora. O bien, podemos llamar al sujeto simplemente Nosotros, pero entendiendo Nosotros no como una identidad sino como una anti-identidad, como negación, como pregunta abierta. O nos podemos llamar la anti-identidad, el sujeto sin nombre.
Como anti-identidad no buscamos definir sino movernos contra toda definición. Definimos, pero vamos más allá de la definición en el mismo aliento. Somos indígenas pero somos más que eso. Somos mujeres pero somos más que eso. Somos gay pero somos más que eso. Si la negación de la definición no se incluye en la definición misma, la definición se vuelve reaccionaria. Coneptualizamos porque no podemos pensar sin conceptos, pero negamos el concepto en el mismo momento porque cada concepto es inadecuado, cada concepto se erige como obstáculo al movimiento y por lo tanto a la lucha de clases. Todo concepto contiene pero no contiene y nosotros somos la fuerza de aquello que no se deja contener, nosotros somos el desbordamiento.
El movimiento de la anti-identidad abre. El movimiento de la anti-identidad no es simplemente negativo. Es un movimiento que abre hacia otro hacer, es un movimiento contra-y-más-allá, un movimiento de negación y creación, un movimiento de crear grietas en el tejido de la dominación, espacios o momentos de creación alternativa – grietas que se van expandiendo y multiplicando.
La anti-identidad ataca a las identidades y las abre, buscando el movimiento de la anti-identidad que la identidad contiene y no contiene. Ataca a las categorías de la economía política, las abre para descubrir el antagonismo entre el trabajo abstracto y el hacer útil o creativo que las categorías contienen y no contienen. Ataca a todas la categorías fetichizadas del pensamiento burgués en una crítica ad hominem, una crítica que busca siempre mostrar y emancipar el hacer humano y su existencia contradictoria como fuente de todo movimiento. Ataca a los sustantivos para liberar los verbos que estos sustantivos tienen encarcelados, congelados. Ataca a los relojes que contienen y no contienen los ritmos ricos del hacer y dispara contra ellos, demostrando que la única revolución es la revolución aquí y ahora, que la idea de una revolución futura es un sinsentido. Ataca al Estado y lo abre para encontrar en él la lucha del capital para contener el movimiento hacia la autodeterminación, una contención que no logra contener. Abre a Bolivia y ve no un gobierno de izquierda sino una lucha entre dos formas de organización, por un lado un impulso revolucionario hacia la creación de comunidades autodeterminantes y por el otro el intento de contener este impulso dentro de la forma Estado, una contención que contiene y no contiene. Abre el plantón del Zócalo y ve no solamente los líderes sino también las muchas voces discordantes de la desesperación.
El movimiento de la anti-identidad es, para usar una expresión de Vaneigem, el movimiento de la revolución sin nombre.
4. Dos autonomismos entonces: un positivo (que congela y clasifica) y un negativo (que critica sin parar). ¿Importa? Sí, importa, importa mucho. Importa porque la única forma de concebir la revolución es como movimiento contra-y-más-allá del capital, movimiento del hacer contra-y-más-allá del trabajo abstracto. No hay que definir, no hay que cerrar. El capital es el movimiento de la clausura y la definición. El subcomandante Marcos sugiere en la última parte del último comunicado que es la hora de las definiciones. Pero no es cierto. Nunca es tiempo de definir ni de definirnos, sin negar la definición en el mismo momento. La lucha contra el capital es una lucha contra la definición. Definición y anti-capitalismo son incompatibles. La definición revolucionaria es la fetichización de la izquierda, la infiltración del capital dentro del movimiento anticapitalista, el sectarismo. ¡Que no se cierre el zapatismo, que florezca más bien como un lugar de confluencia de un millón de gritos, un millón de grietas!
Por eso es importante leer a Adorno: porque lo que necesitamos es un autonomismo anti-identitario, una lucha que surge del grito y no se deja encerrar, un movimiento que rompe toda definición y va más allá de cualquier identidad, una dialéctica negativa práctica.
1 La versión original de este artículo fue presentado como ponencia en el coloquio sobre “La Autonomía Posible” en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, del 24 al 26 de octubre de 2006, bajo el título “Autonomismo Positivo y Negativo”.
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